LOS LIBROS

Mitomanías argentinas

Cómo hablamos de nosotros mismos

 

Cuán profundamente argentino es insultar cotidianamente a la Argentina. Y sin embargo…, como dice una conocida canción, este rasgo de identidad tiene su contracara: la argentinidad al palo, “La calle más larga, el río más ancho, las minas más lindas del mundo… Que el Che, Gardel y Maradona son los number one, y argentinos ¡gracias a Dios! También Videla y el Mundial 78, Galtieri y ‘los estamos esperando’. ¿Yo?… ¡Argentino! Del éxtasis a la agonía oscila nuestro historial. Podemos ser lo mejor, o también lo peor, con la misma facilidad”. En Mitomanías argentinas, Alejandro Grimson se atreve a un original ejercicio de introspección: ofrece una lista abierta de mitos y los revisa uno por uno para hacerlos “caer”, para que muestren lo que tienen de vulnerable, de falso, de argumento insostenible, de repetición machacona. ¿Fuimos la nación más europea de América Latina y una maldición nos arrojó al basurero de la periferia? ¿Brasil o Chile están en el camino correcto y la Argentina no deja de cometer errores? ¿Son los paraguayos, peruanos o bolivianos los responsables del desempleo en la Argentina? ¿Es cierto que los argentinos descendemos de los barcos, así como los mexicanos descienden de los aztecas? No importa que los mitos sean de derecha o de izquierda, religiosos o laicos, patrioteros o extranjerizantes: son bombas de tiempo que hay que desactivar para que el rompecabezas argentino se organice sobre bases plurales y para que el debate público no quede encerrado en Mitolandia. Grimson nos convence de que tener una mirada más compleja y cabal de nosotros mismos es un primer paso para construir una sociedad mejor.

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Contenido

Mitos patrioteros La Argentina es un país europeo. La unidad nacional se basa en el territorio. La Argentina debería tener la extensión del Virreinato del Río de la Plata. Bolivia y Paraguay son países de indios. Brasil, país de negros, playas y carnaval. Uruguay es una provincia argentina. Allá, en América Latina. La hermandad latinoamericana. América Latina es Macondo. ¡Vamos ganando!. La argentinidad al palo. Mitos decadentistas Todo tiempo pasado fue mejor. La Argentina estaba predestinada a la grandeza; debería haber sido Canadá o Australia. Debemos seguir el modelo chileno. Mirá Brasil: ellos sí tienen políticas de Estado. Estamos condenados al desastre. Hay que refundar el país sobre nuevas bases. Los políticos argentinos deberían hacer un pacto de la Moncloa. “Qué país de mierda” y “La Argentina sólo tiene una salida: Ezeiza”. Argentina no puede desarrollarse debido a la idiosincrasia de los argentinos. El que no se enoja pierde. Mitos de lo nazional Lo nacional es nazional. Somos ciudadanos del mundo; debemos superar el parroquial amor por lo local. En el mundo global, las naciones están en proceso de desaparición. Mitos racistas En la Argentina no hay racismo (porque no hay negros). Un país “sin negros” donde la mitad es “cabecita negra”. Un país sin indios. La nueva inmigración es boliviana y paraguaya. En la época de la Argentina integrada los inmigrantes se argentinizaban. Los argentinos descendemos de los barcos. Somos un crisol de razas. La sangre determina la cultura. Mitos de la unidad cultural de la Argentina La Argentina tiene una madre patria: España. La Argentina es un país católico. El tango es la música nacional. Los argentinos somos un pueblo politizado. Mitos sobre la Capital versus el Interior Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires. Los porteños gobiernan el país. Hay dos Argentinas. Mitos de la sociedad inocente “Me afanaron”, o la fábula del “fueron ellos”. El corrupto es el otro. La sociedad argentina es una víctima inocente del Estado. El golpe y la dictadura fueron obra exclusiva de los militares. Mitos sobre el Estado bobo El Estado está en proceso de desaparición. El Estado no puede administrar empresas eficientemente. Lo privado funciona, lo público está descuidado. Tendríamos que imitar a los países a los que les va bien. Necesitamos reglas claras si queremos que las empresas prosperen. Mitos sobre los impuestos En este país, el único gil que paga los impuestos soy yo. Lo que pagamos de impuestos se lo lleva la corrupción. Que los impuestos los paguen los ricos. El teléfono es uno de los impuestos más caros. Mitos sobre el peronismo Perón fue un tirano. Sólo los peronistas entienden el peronismo. Asado con parquet. Marchan por un choripán. Los pobres votan por clientelismo. Toda crítica al Partido Justicialista o a un sindicato es gorila. Mitos sobre los sindicatos y las luchas sociales Ya no hay clases sociales ni modos de organización tradicional. Los pobres y los trabajadores hacen paros por cualquier cosa. Los sindicatos son el obstáculo para el desarrollo argentino. En democracia hay libertades políticas para todos. Mitos del granero del mundo El campo produce la mayor parte de la riqueza nacional. Los del campo la tienen asegurada. Con el crecimiento sostenido de la economía se resolverán los problemas sociales del país. Mitos sobre el poder de los medios Los medios reflejan la realidad. Los medios construyen la realidad. Los medios no tienen influencia, los consumidores interpretan los mensajes como quieren. Las nuevas tecnologías democratizan la comunicación. Todos los medios tienen un signo político definido. La política sólo sucede en los medios. Mitos del falso igualitarismo Todos somos clase media. Todos los hombres nacen iguales. Los pobres y los ricos tienen igualdad de oportunidades. Todos somos el gran DT. Hay que igualar hacia arriba. Epílogo: Mitolandia

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Fragmentos de la Introducción a Mitomanías

Nunca conocí una sociedad en la cual las personas hablaran tan mal de su propio país como en la Argentina. Y tan cotidianamente. Tampoco es frecuente el pánico que se percibe aquí entre sectores medios progresistas a sentirse parte de una nación, la Argentina. Estos dos aspectos me impulsaron a pensar en diversas direcciones, y este libro es una síntesis de esas reflexiones, que podrían resumirse en una frase: cuán profundamente argentino es insultar diariamente a la Argentina. En otras palabras, me propongo explorar en qué sentido gran parte de nuestra “cultura nacional”, una gran parte de los rituales cotidianos que llevamos a cabo, involucra escuchar o enunciar la expresión “qué país de mierda”. A veces la trocamos por nuestra “argentinidad al palo” y somos los mejores del mundo. Pero entre la soberbia y el desprecio casi no encontramos matices. Así como no es fácil encontrar culturas que se caractericen por el hábito de autodenostarse, tampoco es sencillo encontrar países cuyo ritual cotidiano sea sostener que la maldad se encuentra encarnada en sus propios gobiernos. Los argentinos que no votaron a un determinado gobierno y, además, una buena parte de los que sí lo votaron, presuponen que si alguien habita la Casa Rosada necesariamente tiene malas intenciones. Este tipo de presunciones hacen que la discusión de ideas sea uno de los capítulos menos transitados del debate político. Analizar un gobierno es considerar un listado extenso de medidas y procesos. En este país tan apasionado o enceguecido son muy pocos los que pueden tomar el listado y ponerle colores diferentes a las medidas que les gustan mucho, poco o nada. Si detestan al gobierno, las buenas medidas dejan de serlo automáticamente, ya que son consideradas siempre bajo el signo del oportunismo, el negocio o la venganza, el robo de banderas de otro, o lo que fuera. Si los malos gobiernos jamás hacen algo bueno, los buenos jamás hacen algo malo. Aunque la segunda sentencia sería difícil de aceptar, salvo por los fanáticos, la primera está muy extendida entre nosotros. Somos fanáticos del “todo mal”. Ese fanatismo es parte crucial de nuestra cultura política y nos impide analizar con mayor objetividad los aspectos positivos o negativos de diferentes gobiernos nacionales, provinciales, municipales. Y nos impide, por eso, entender a las personas que votan a esos gobiernos. Este libro no busca analizar las cosas buenas o malas de un gobierno determinado. Busca proponer un debate acerca de si no deberíamos cambiar esa particularidad de nuestra cultura. Y esto por un motivo: es imposible construir un país sin que podamos analizar aquello que es positivo y aquello que es negativo. ¿Alguna vez ha estado en un estadio de fútbol? Es una pregunta irrelevante, porque alcanza con haber reparado en cómo miramos un partido de fútbol. O con haber entrado a YouTube para espiar al Tano Pasman. Cuando miramos un partido, en diversos momentos nos encontramos de pie moviendo una o las dos manos a los gritos, reclamando una falta, un penal, una tarjeta. Salvo que vayamos ganando por goleada, mirar un partido es siempre esperar más de los propios jugadores y también del árbitro, que debería fallar con más “justicia” (entiéndase bien: “más a nuestro favor”). Excepto que el árbitro cometa un escandaloso error a favor nuestro, es difícil que reciba una ovación. Todo aquello que detestamos en el equipo adversario, sus faltas, su negativa al juego limpio, sus trampas, lo amamos en el nuestro. Somos fanáticos; o sea, pésimos jueces. Pero, claro: es un juego. Ciertamente, se juegan millones y millones. Pero no se juega un país. A veces, al mirar nuestro país como si fuera un partido de fútbol, la sensación es que arriesgamos mucho: somos muy ofensivos, escasamente defensivos. Podemos terminar perdiéndolo. No debe entenderse esto como una crítica al fútbol. Las culturas habitualmente construyen espacios rituales en los cuales se permiten prácticas que serían dañinas fuera de ese ámbito particular. Es comprensible y hasta podría ser positivo que seamos tan poco objetivos en el espacio lúdico del fútbol. Lo que es realmente grave es que no iniciemos una reflexión que nos conduzca a mirar y analizar al país de modo no futbolístico. Desarmar los mitos es condición necesaria para potenciar cambios sociales y culturales. En primer lugar, es necesario abordar los mitos acerca de cómo se conforma la propia sociedad. Un país no puede desarrollarse, ni crecer, ni tener nociones fuertes de justicia social si no construye una identidad. Suele decirse que no se puede tener futuro sin memoria. Este libro busca poner en evidencia que no podemos aspirar a un futuro más igualitario y democrático sin comprender quiénes somos. Quiénes somos nosotros, los que participamos en las decisiones, quiénes somos los argentinos y los habitantes del país. Para poder responder quiénes somos sin apelar a frases huecas que hablen de músicas o comidas o dioses o héroes, es necesario explicar primero por qué no somos como muchas veces creemos que somos. Para eso es preciso derribar unas cuantas creencias falsas que tenemos sobre nosotros mismos. Intentaremos hacerlo apelando ora a los estudios de las ciencias sociales, ora a obviedades muchas veces desplazadas por frases hechas y, cuando no queda más remedio, a una posición explícitamente ideológica. He seleccionado unas setenta de esas creencias, no porque allí se agote la lista, sino porque hay que empezar por alguna parte, y porque después de recorrer unas cincuenta surge la necesidad de compartirlas con otros. ¿En qué casos pensamos que una creencia merece ser abordada? Nos guiaron al menos tres criterios. Primero, que haya sido en el pasado o sea en el presente parte de las frases que escuchamos todos los días. Segundo, que sea uno de esos escudos conocidos, esas muletillas para situaciones de crisis. En estas dos situaciones, se trata de creencias que no necesariamente comparten todos, pero que son culturalmente hegemónicas. En el tercero de los casos se trata de ideas que sólo plantean algunos poderosos conciudadanos, pero lo hacen con tanta potencia que merecen ser abordadas, independientemente de cuánta adhesión generen. Los mitos que construimos acerca de nosotros mismos son una calamidad que debemos enfrentar y deshacer. Son las mentiras sobre las cuales se sostiene la cultura argentina, una de cuyas dimensiones es nuestra cultura política. A mitos naturalizados se oponen datos y hechos, pero también posiciones éticas e ideas-lógicas. Para construir otra cultura política necesitamos des-mitificar. Cuando pensamos en nuestro propio país y, expurgando el pesimismo que nos parece lo único razonable, intentamos preguntarnos qué caminos podrían recorrerse para que todos los argentinos salgan del berenjenal, aparecen varias respuestas, a veces compatibles entre sí y otras veces no tanto: educación pública, justicia, instituciones, derechos, innovación tecnológica y la lista sigue. Pero cualquiera de esas propuestas pasa por alto una cuestión fundamental: cómo podría un país saber qué desea ser si no sabe qué es. O si se tiene una imagen distorsionada de sí mismo. En este aspecto el caso argentino es excepcionalmente grave: la distancia entre el país que tenemos y el que creemos tener es abismal. Y esto no sólo alude a los delirios de grandeza, sino también a las imágenes exageradas de la decadencia, tan ruinosas como las primeras. Estas imágenes constituyen obstáculos para intentar aproximarnos a una imagen más adecuada de quiénes somos, a un balance realista de dos siglos de historia, así como una reflexión en torno a cuáles fueron los motivos de nuestros fracasos y cuáles son los capitales económicos o culturales de que disponemos para conformar proyectos para el futuro. Hay hechos elocuentes: en América Latina (y más allá) el estereotipo del argentino se asocia a la soberbia y la pedantería. Ciertamente, esto se refiere no sólo a cierto tipo de vegetación nativa, sino a que también sobre nosotros se aplican los procedimientos clásicos de estigmatización que nosotros usamos con otros países y grupos: se toman ciertos rasgos entre muchos otros, quizá un rasgo que está presente sólo en un grupo, y se lo considera el rasgo que define a toda una nación. Ahora, me permito señalar que en esa distorsión hay algo de cierto: la elite argentina pretendió construir el país edificando una mitología soberbia, y es posible que algo de eso se proyecte en algunos de nuestros compatriotas cuando viajan al exterior. El enclave europeo de América Latina, cuya población está conformada por los descendientes de los barcos, la imagen del país como granero del mundo, la “Argentina Potencia” son sólo algunos ejemplos de todo lo que es imprescindible desarmar para construir otra figura con el rompecabezas argentino. De aquella distorsión emerge un malestar constante entre lo que deberíamos ser y lo que hemos conseguido ser. Supuestamente estábamos destinados a ser Europa: pero no la Grecia ahora periférica o la España de los setenta o los barrios marginados de la periferia parisina actual. Porque esa Europa también fue fabricada a partir de un recorte muy pequeño; así, se suponía que la Argentina sería como los barrios centrales de París. Eso posiblemente era lo que deseaban también los otros barrios de París y las otras ciudades francesas. Una aspiración bastante vanidosa y vana, incluso para varios países europeos. Esa ilusión tan desmesurada se combinó con caminos políticos que llevaban a rumbos bastante discordantes con el objetivo. Con el paso del tiempo se fue instalando la idea de que los argentinos teníamos un destino magnífico que no habíamos podido alcanzar, por alguna razón misteriosa o por culpa de tal o cual grupo. Cada década estábamos más lejos de aquella ilusión. De allí derivó una obsesión por saber quiénes somos y cómo explicar este fracaso. Una obsesión que se observa en que una de las industria que más se ha desarrollado es la que fabrica mitos acerca de nuestra auténtica naturaleza, nuestro ADN, nuestra esencia inmutable: europeos, genios, campeones, corruptos, imbéciles, víctimas y así hasta el infinito. La Auto Denigración Nacional, pero también la Desazón o los Delirios de grandeza. Cada mito puede decir que somos de esta u otra forma pero todos coinciden en un punto: seamos fantásticos o calamitosos, estamos condenados a serlo. Lo único que podemos hacer es descubrir cuál es nuestra naturaleza y así viviremos en este país con plena conciencia de que se trata de una porquería irremediable, porque esto ya no lo arregla nadie. O, si pudiera alguien hacerlo, merecería, qué duda cabe, que lo nombremos nuestro Salvador. Florecieron así libros completos explicando disparates como cuáles serían nuestros genes o el atroz desgarramiento del ser nacional. De este modo, muchos mitos han conseguido ser popularizados y encuadernados de forma que su lomo se ubica en los anaqueles de las librerías junto a excelentes investigaciones sobre situaciones sociales, políticas, históricas, culturales. Investigaciones que no siempre resultan audibles. Y que cuando en efecto son escuchadas no se contrastan con las creencias sociales más expandidas. Menos aún son incorporadas al trabajo cultural, cotidiano, que un país hace sobre sí mismo a través de la educación, el periodismo, la política, la justicia, las organizaciones sociales y el Estado en sus múltiples facetas. Aquellos libros sobre la Auto Denigración Nacional alimentaron una mitología localista y basada en la ignorancia que postula que la Argentina es el peor de los países del planeta o al menos de aquellos con los que merece comparación; que es un país donde todo lo que existe hoy es peor de lo que hubo en el pasado. Éstas y otras afirmaciones genéticas acerca de la nación conforman un fenómeno cultural peculiar: miles de páginas de consumo masivo para explicar por qué somos un fracaso irreversible. Estas afirmaciones aparentan ser cosmopolitas, modernas, autocríticas, antinacionalistas pero constituyen en realidad una variante del nacionalismo cultural, ya que son deudoras de una forma clásica del pensamiento argentino: ya que no podemos ser el mejor de todos los países (lo cual es bastante obvio), entonces somos el peor (lo cual es ridículo y falso). No se sustentan en un conocimiento construido a partir de la comparación con otras sociedades, sino en la supina ignorancia del país periférico. Esto es raro. No son en absoluto modernas; son una variación del decadentismo que tomó posesión del imaginario de diversas culturas y sociedades a lo largo de la historia de la humanidad. Sin embargo, la pregunta por la identidad es legítima. En efecto, saber quiénes somos es una condición imprescindible para poder imaginar y proyectar futuros para el país. Pero esta pregunta no encuentra una respuesta única ni simple. Este libro expone y propone algunos datos e interpretaciones con los que ya contamos, en muchos casos gracias a esas investigaciones menos difundidas, y que pueden servir como apoyo para formular nuevos interrogantes. Promueve el debate, no lo cierra. Intenta reflexionar a partir de información, con la convicción de que ignorar esos conocimientos sería renunciar a conocer nuestra multiplicidad y nuestra complejidad.